Más vicios del lenguaje: trampas de la traducción médica

Vicios_lenguaje

You can get all the jargon right, but if a writer has spent too long with non-native texts it is easy to miss loans and calques left over from the original language. A few categories and examples are provided here, building on the previous article “Algunos vicios del lenguaje”.

Hace algunos ayeres, formé parte del grupo de correctores y editores de una revista médica conformada, en su mayoría, por artículos sobre medicina traducidos del inglés al español. Estos densos ensayos sobre enfermedades, padecimientos y estrategias de tratamiento médico se publicaron originalmente en la revista Cleveland Clinic Journal of Medicine. El trabajo de los traductores era y sigue siendo excelente. Era un placer corregir las traducciones, ya que no había mucho que corregir. No obstante, aun cuando los términos y las complejas ideas de una jerga completamente médica se transmitían a la perfección en español, de forma clara y concisa, quedaban unos cuantos calcos sintácticos y léxicos del inglés. Parece que los médicos y los profesionales de la medicina hispanohablantes se han acostumbrado tanto a leer publicaciones extranjeras, por lo general del mundo anglófono, que prefieren y aceptan el uso a perpetuidad de algunos vicios del lenguaje.

Amigos lectores, en esta ocasión mostraré ejemplos específicos de formas inadecuadas del uso de construcciones o léxico que podrían dificultar que el mensaje se entienda correctamente en una traducción médica del inglés al español. Para ello, utilizaré dos categorías de vicios de lenguaje, a saber, barbarismos (se divide en extranjerismos, préstamos y calcos), y solecismos y anfibología. Como verán, no cubriré todos los temas ni todos los supuestos, ya que sería necesario un libro completo, pero sí tendrán una mejor visión de las cosas que no se recomienda hacer.

¡Qué barbaridad!

El barbarismo, que bien lo adivinaron, viene del latín barbarismus, de raíz griega. Tiene su origen en el hecho de que en griego se denominaba ‘bárbaros’ a aquellos cuya lengua materna no era el griego y cometían errores de pronunciación o usaban palabras inadecuadas. Así pues, ‘bárbaro’ era el infractor y ‘barbarismo’, la infracción[i].

El extranjerismo es una subcategoría del anterior. No es otra cosa más que una palabra en un idioma extranjero con o sin adaptación, pero de la cual sí existe un equivalente en español y, por lo tanto, resulta innecesaria. Rafael Aleixandre nos da algunos ejemplos[ii]:

Extranjerismo Equivalente en español
Randomizar (de randomize) Distribución aleatoria, distribución al azar o aleatorización
Feedback Retroalimentación, comentarios
Inmunodeficiencia (de immunodeficiency) Deficiencia inmunitaria
Test Prueba
Estándar (de standard) Norma
Estrés (de stress) Tensión, esfuerzo (en determinados contextos, aunque ‘estrés’ es de uso frecuente, y admitido en algunos casos)

 

El calco, otra subcategoría del barbarismo, es el resultado de una traducción literal, la cual no transmite el mensaje adecuado, crea confusión y es poco idiomática.

Calco Equivalente en español
Estudios caso-control (de case-control studies) Estudios de casos y controles
Estudio doble ciego (de double-blind) Estudio con enmascaramiento doble[iii]
Balance ácido-base (de acid-base balance) Equilibrio acidobásico[iv]
Emergencia (de emergency) Urgencia
Rango (de range) Intervalo, amplitud, límite o escala de valores

 

¿Sole qué…?

El solecismo es un error de construcción, es decir, atenta contra la concordancia entre el sujeto y el verbo. También es una falta contra la sintaxis debido al orden de los elementos de una oración o por el mal uso de una preposición. En estos ejemplos solo se muestran aquellos de concordancia.

Oración con solecismo Oración concordante
La mayoría de los pacientes tuvieron efectos secundarios. La mayoría de los pacientes tuvo efectos secundarios.
El 85% de las madres encuestadas contestaron que tienen dificultades para conciliar el sueño. El 85% de las madres encuestadas contestó que tiene dificultades para conciliar el sueño.

 

¿De qué ‘anfibios’ hablas?

La anfibología es el vicio del lenguaje que más abunda, no solo en traducciones médicas, sino en muchos otros campos (incluida la redacción original de textos). Este produce ambigüedad o falta de claridad en los enunciados, ya que crea doble sentido y malas interpretaciones. Yilda Ruiz Monroy escribió con gran detalle un artículo relacionado con este tema: Subordinado y subordinante: se vende vestido para novia de segunda. Laura Kriegel, en su tesina La reina de los vicios: la anfibología[v] la clasifica en tipográfica, morfológica, sintáctica y léxica. Tomaré algunos ejemplos de Laura para explicar estas divisiones y agregaré algunos otros que he encontrado a lo largo de mis años como correctora.

  • Ambigüedad tipográfica ocurre cuando se omite un acento diacrítico:
Oración ambigua Oración clara
La palabra que lleva acento en algunos casos La palabra qué lleva acento en algunos casos[vi]

 

  • El enunciado ambiguo morfológicamente se presenta en los casos en los que una palabra de este cumple más de una función o pertenece a más de una categoría gramatical (p. ej., adjetivo o verbo, preposición o verbo):

Bajo las escaleras[vii]

La palabra ‘bajo’ tiene dos funciones: verbo ‘bajar’ conjugado en 1.a persona del singular y preposición.

  • La ambigüedad sintáctica se da porque una oración puede admitir dos estructuras sintácticas susceptibles a interpretación diferente:

La enfermera vio a la paciente iracunda

Aquí no es claro si la enfermera estaba iracunda y vio a la paciente o si esta última fue la que perdió los estribos. En cualquiera de los casos, esta es mi recomendación:

La enfermera, que estaba iracunda, vio a la paciente.

La enfermera vio a la paciente, quien estaba iracunda.

Soy revolucionaria, por ende, insto a toda traductora (y traductor) a que se imponga el desafío de implementar estas ideas cuando tenga oportunidad de corregir o editar traducciones médicas, o de cualquier otro tipo. Mi mayor recomendación es que consulten diccionarios médicos y publicaciones de medicina, así como textos científicos con el fin de que se familiaricen con los términos adecuados y puedan tomar decisiones basándose en su propia experiencia y conocimiento. ¡Les deseo mucha suerte y hasta la próxima!

[i] Quilis, Antonio. Filología y lingüística: estudios ofrecidos a Antonio Quilis, Volumen 2. Consejo superior de Investigaciones Científicas de la Universidad Nacional de Educación a distancia, Universidad de Valladolid. Madrid 2005.

[ii] R. Aleixandre, A. Porcel, A. Agullo y S. Marset. Vicios del lenguaje medico (I). Extranjerismos y acrónimos. Atención Primaria. Vol. 15. Núm. 2. 15 de febrero de 1995.

[iii] Navarro, Fernando. Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina. 2. a edición. McGraw Hill Interamericana. Madrid 2005.

[iv] ídem.

[v] Kriegel Litauer, Laura Silvina. La reina de los vicios: la anfibología. Tesis para optar al título de corrector y redactor literario especializado en textos académicos, periodísticos y literarios. Instituto Superior de Letras Eduardo Mallea, 2010.

[vi] ídem.

[vii] ídem.

La porosa frontera entre el inglés y español

Working The Ranch

The adoption of English words into Spanish is a point of contention, especially when there is already a word in Spanish for a certain concept. But that is not the only direction words have travelled. Indeed, many words have passed from Spanish into English across the border between English- and Spanish-speaking territories.

Oímos y leemos el clamor recurrente que despierta la enorme cantidad de palabras del inglés que irrumpen en el español para luego pretender quedarse. A veces son innecesarias, pues no hacen sino suplantar buenas palabras que ya existen en nuestra lengua, aunque quizás quienes adoptan el término en inglés las ignoren. En este caso, el clamor se justifica. Sin embargo, a veces, las palabras que se nos cuelan al español desde el inglés son necesarias, ya que corresponden a objetos, acciones o situaciones nuevas, para las cuales no tenemos un término acuñado. Y es ahí cuando los reclamos carecen de fundamento, pues ese tipo de préstamo lingüístico ha sido uno de los factores de la evolución de los idiomas.

Sea como sea, muchos hispanohablantes nos sentimos con derecho de formar parte de una especie de “patrulla fronteriza” entre el español y el inglés, señalando y pretendiendo apresar a cuanto término cruza la línea sin el debido trámite. Y puede ser que en esta tarea de policía lingüística se pierda la perspectiva histórica y pasemos por alto que en esa frontera móvil y translúcida entre ambas lenguas, el inglés no siempre ha sido el exportador de términos migrantes y el español no ha sido siempre el que los recibe. Las zonas de contacto entre ambos han favorecido el intercambio de palabras y objetos a veces en una dirección, a veces en la opuesta.

En tiempos del descubrimiento, la conquista y buena parte del periodo de colonización de América, España era un poderoso imperio en el que “nunca se ponía el sol”. Extendiéndose desde España hasta las Filipinas por el oriente, y las colonias americanas desde el Cono Sur hasta Norteamérica por el occidente, no había manera de que fuera de noche en todos los dominios españoles en los siglos XVI, XVII y XVIII. Mientras tanto, Inglaterra era una pequeña isla vecina del continente europeo, con ansias de expansión, pero sin todo el aparato político, administrativo, naviero, comercial ni religioso para llevarlo a cabo a escala semejante.

Al llegar primero al continente americano, los españoles se asentaron más tempranamente en ciudades y puertos, entablaron relaciones comerciales y sometieron a los habitantes originales de esas tierras. Era apenas de esperar que, al entrar en contacto con los ingleses, estos últimos adoptaran los nombres de los productos americanos en esa frontera inicial entre ambas lenguas que fue el mar Caribe. Puede ser que estos términos no fueran de origen español, pero sí llegaron al inglés a través de este, desde lenguas indígenas como el taíno que les legó hammock, hurricane y barbecue, por intermedio de la ‘hamaca’, el ‘huracán’ y la ‘barbacoa’ del español. Del náhuatl llegaron términos como chocolate, tomato y avocado. Y la ‘papa’ suramericana que se originó en el quechua ‘papa’, para los peninsulares fue ‘patata’ y de ahí saltó al inglés como potato, conservando  esa huella de “impuesto fronterizo”. Del pueblo caribe, que ocupaba el norte de Colombia, Venezuela y las Antillas Menores, se derivan cannibal y cannibalism. Incluso hay palabras que atravesaron muchas de estas fronteras culturales hasta acomodarse en el inglés. El término lagniappe de la Luisiana francesa, que permanece en uso en Nueva Orleans, se deriva de ‘la ñapa’ del español suramericano, que proviene a su vez del quechua yapa, y sirve para designar un pequeño regalo o porción extra que se agrega en una compra (más conocido en México como el ‘pilón’).

Los anteriores son términos dispersos que saltaron al inglés desde el español, aunque vinieran de otras lenguas. No obstante, hay campos en los que el vocabulario del inglés estadounidense se levantó sobre los cimientos del español como sucede en el terreno de la cría y utilización de caballos con fines agropecuarios como la ganadería. La dificultad de hablar de este tema es que implica echar por tierra al menos uno de los principales símbolos de la naturaleza indómita del Antiguo Oeste: las manadas de caballos salvajes. Y con esa imagen también la del jefe indígena con su tocado de plumas, montado en un caballo, con un fusil terciado. Ni el caballo ni el fusil de esa imagen son oriundos de este continente. Fueron traídos por los españoles, que los diseminaron por la amplia región que conquistaron, pues el caballo era artículo militar e instrumento de autoridad, medio de transporte y comunicación, elemento agrícola. Los caballos salvajes del Oeste estadounidense eran descendientes de los que usaron los españoles para llegar a los puntos donde establecieron sus misiones y presidios. Los que montaban comanches, dakotas, o pies negros, también. A lo largo de los países latinoamericanos encontramos manifestaciones de esa cultura de raigambre española que gira alrededor de los equinos, y que tiene hilos comunes con la del lejano Oeste, afincada allí a través de las misiones y presidios fundados por comunidades religiosas y militares españoles a lo ancho de lo que en la actualidad son los estados de Texas, Nuevo México y Arizona, que se establecieron con caballos y reses para aprovechar las tierras para ganadería, más propiamente conocida como ‘vaquería’. Y dejó sus huellas en el inglés: lasso (lazo), cinch (cincha, la tira que sujeta la silla de montar por debajo de la panza del caballo, que también se denomina saddle strap/tira de silla de montar), mustang (de ‘mestengo’ o ‘mesteño’, animal doméstico asilvestrado), rodeo, wrangler (supuestamente, de ‘caballerango’, término mexicano para denominar al mozo que cuida y ensilla los caballos en las haciendas), buckaroo (vaquero, usado especialmente en la cuenca del Mississippi-Missouri y California), stampede (estampida), ranch (rancho), corralpatio. La descripción de la topografía de la zona también preservó términos del español: mesa, canyon (cañón), chaparral. E incluso en detalles del vestir, como sombrero o el típico ten-gallon hat de los vaqueros del Oeste, cuyo nombre no se deriva de la capacidad de su alta copa (donde no cabe ni el diez por ciento de ese volumen) sino de una de dos posibles teorías: de la expresión “tan galán” del español (un sombrero tan galán) o del ‘galón’ o tirilla trenzada que se pone como adorno alrededor de la base de la copa. El hecho de que la editorial de la Universidad de Oklahoma publique en 2005 un libro titulado Vocabulario Vaquero/Cowboy Talk: A Dictionary of Spanish Terms from the American West y lo promocione como una referencia importante para lingüistas e historiadores interesados en el contacto entre el español e inglés ya resulta diciente.

Es cierto que hay muchas otras palabras del español de uso común en el inglés estadounidense, desde nombres geográficos, comida y productos agrícolas, o utensilios de cocina y detalles arquitectónicos. Mas este terreno de la vaquería nos permite ilustrar específicamente ese fenómeno que hemos visto suceder del inglés al español de préstamo y apropiación de términos de vanguardia científica o tecnológica, de innovación en gerencia y administración, del negocio del entretenimiento o de la moda, pero en la dirección contraria, y con un siglo o dos de antelación.

Nota: Sin el apoyo bibliográfico de este libro, no hubiera sido posible redactar esta entrada: Bill Bryson, Made in America: An Informal History of the English Language in the United States, Harper Collins Publishers, edición Kindle.